En nuestro trazado urbano tenemos un buen número de 'manchas' o, en términos más técnicos, huecos urbanos pendientes de coser. Ahora que se habla con cierta asiduidad de la ciudad compacta como la más eficiente, quizás es el momento de, al menos, hilvanar nuestro tejido con los pespuntes necesarios para lograr zurcir la ciudad.
Este listado de agujeros urbanos, creo recordar, ya se reguló en febrero de 1998, el siglo pasado, mediante el Reglamentos Municipal de Registro de Solares. Pero hasta hoy permanece la cruda realidad de las máculas de la ciudad, algunas sempiternas, con sus estabilizadores situados en el interior de las parcelas, gracias a la anterior corporación. Todos tenemos en la retina los apeos en la fachada de 2 de mayo -y algunos más- como paisaje urbano consolidado. Por fin se desmontaron de la vía pública, pero la fachada protegida a la que acompañan en su progresivo deterioro ahí permanece; por no hablar de los solares como nido de todo tipo de inmundicias y alimañas. Parecen problemas endémicos en el desarrollo de la ciudad y en esta nuestra, todos conocemos más de uno.
Los motivos de tales desaguisados son variopintos; principalmente por derivar de intrincadas herencias inducen a perversas costumbres de sus propietarios. De cualquier modo, parece que la administración municipal debería tomar cartas en el asunto; recursos legales tiene para acometer esta necesidad de regeneración de partes muy sensibles del casco para hacer más fluido y posible su desarrollo urbanístico mediante una tutela ágil. En alguna de estas tachas, incluso, es parte implicada, ya sea por su responsabilidad y competencia en el trazado de nuevos viales, alineaciones, aprovechamientos, ordenamiento legal… y siempre por los mejora de la ciudad.
En este empeño de permanente mejora de nuestra ciudad, otro capítulo muy importante es el de nuestras fachadas interiores, en particular las trazadas en los grandes patios de manzana surgidos, en muchas ocasiones, del desarrollo urbanístico de las grandes parcelas conventuales. No hace mucho que el derribo del convento de San Quirce y Santa Julita mostró el alzado Sur de los edificios de la acera de los impares de la calle Imperial; toda una fachada surgida de las sucesivas obras, furtivas o no, hechas sin criterio de ningún tipo y que, gracias a su orientación, es la más demandada en los nueve meses de invierno y la más olvidada en los tres meses de infierno; pero siempre más grata que las vistas sobre la caduca calle Imperial. Bien se merece una nueva oportunidad, que permita conocer el arbolado y un poco de amabilidad en su urbanización. Incluso a lomos de su mejora energética, podría obtenerse un alzado más luminoso que dignifique la presencia urbana de una de las calles más siniestras de la ciudad.
Si continuamos descendiendo la escala nos encontramos en nuestros patios de luces de tres por tres, funcionalmente podríamos llamarlos chimeneas de ventilación. Lo de la luz es un anhelo en los bloques de los sesenta que inundan nuestra ciudad, de siete y más plantas. Allí acuden para ventilar baños, aseos, y piezas vivideras, cocinas y dormitorios, que no consiguen su pretendida iluminación, pero sí hacerse participes de los olores e intuir el menú de sus vecinos. En estas pretendidas mejoras de las condiciones de eficiencia energética también deberíamos incluir las condiciones de salubridad o habitabilidad, e incorporar al menos una mínima ventilación, para conseguir la imprescindible independencia de la vecindad. La luz es más complicado, pero bueno podemos acudir al enjalbegado de toda la vida o soluciones más técnicas de reflexiones indirectas a pesar de sus exigencias de mantenimiento.
Este afán debería implicarnos a todos, y en particular o como pieza impulsora, a los administradores de fincas y a los sufridos presidentes de comunidad; pero por encima de todos a los moradores de nuestra ciudad que bien merece ese impulso y compromiso de una sociedad civil adormecida a cualquier determinación.
La ciudad, nuestro Valladolid, lo merece y el compromiso de sus ciudadanos es imprescindible. Manos a la obra.