Desde hace ya tres o cuatro años, suelo calzarme por estas fechas seis películas de José Luis Garci, siempre las mismas y siempre en el orden en el que las rodó. Canción de cuna (1994), La herida luminosa (1997), El abuelo (1998), You're the one (2000), Historia de un beso (2002) y Tiovivo c. 1950 (2004). Estas noches de invierno, de temperaturas gélidas al filo de los cero grados, en las que la niebla se acomoda en los tejados como hago yo en el sofá, me invitan a disfrutar de ese cine de los sentimientos, de la emoción, que tan bien se le da al director madrileño de orígenes asturianos. «E-motion pictures», como le gusta decir al propio Garci en un juego de palabras en inglés con regusto a Hollywood añejo, como sus películas.
Me fascina como Garci pinta con luz de Vermeer, clavada, conseguidísima, el interior del convento de monjas de clausura en el que transcurre Canción de cuna. El director de fotografía, Manuel Rojas, y el cineasta estudiaron «docenas de volúmenes», según sus propias palabras, sobre el genio de Delft hasta dar con los tonos y brillos adecuados, que envuelven cálida y tiernamente, sin prisas, esta historia de maternidades, que forma un díptico perfecto con la crepuscular La herida luminosa. En esta segunda se dibuja, entre otras cosas, una agridulce relación paternofilial, padre e hija, también con hábito de monja de por medio.
You're the one e Historia de un beso componen igualmente un díptico, esta vez sobre el amor y el desamor romántico, con los mismos, bellísimos, paisajes costeros asturianos como telón fondo. En estas dos cintas, Garci se asoma a los años 20 y a la posguerra y nos contagia, casi sin querer, como un amigo cuando nos habla de sus aficiones, del amor por la pintura, la literatura y el cine; del arte en general como refugio y analgésico frente a los vaivenes de la existencia humana.
Y entre medias de ambos dípticos, El abuelo; y como coda de la serie, Tiovivo c. 1950, retratos certeros de dos épocas: la España a caballo entre el XIX y el XX, donde viejos códigos como el honor y la lealtad empiezan a perder su sentido, y la transición de los 40 a los 50 en una España que todavía se lame las heridas de la guerra civil, con olor a achicoria y miseria. De las seis películas de las que les hablo, quizá está última sea la menos redonda, un fresco al estilo La colmena fallido por diversas razones, pero al que me gusta volver como cierre de esta particular serie.
Fuera de ella, queda otra trilogía del director, la de los Crack, apasionante cine negro a la española, que disfruto en julio o en agosto, meses más propios, por lo tórrido del ambiente a ambos lados de la pantalla, para este género. Con El crack cero (2019), Garci demostró estar en plena forma cuando algún sector de la crítica, y del público, ya le daba por muerto y enterrado; y con los dos primeros Crack (1981 y 1983), reivindicó a Alfredo Landa como uno de los mejores actores de su generación, a pesar de las etiquetas, tópicos y prejuicios que tan bien manejamos en España y con los que parte de la sociedad se aproxima siempre a este intérprete, víctima y superviviente a la vez del 'landismo'.
El propio Garci y su filmografía se han visto empañados por esta estrechez de miras tan ibérica, tan nuestra -la simplificación y el maniqueísmo campan a sus anchas-, y ahora mismo uno no puede decir que le gustan las películas de este director sin que al instante le tachen de rancio, 'viejuno' o anticuado. Soplan otros vientos, dicen los que saben. Los mismos que tildan a Garci de trasnochado conservador, atrincherado en los marchitos laureles -sentencian- de ese pasado en el que ganó el primer Oscar para una película de habla hispana con Volver a empezar (1982).
Lo cierto es que cuando muera José Luis Garci, morirá con él una forma única de entender el cine en España, una mirada que le entronca, como a nadie de nuestro país, con ese Hollywood clásico, el del sistema de producción de los grandes estudios en su edad de oro, que ya solo vive en los libros y en la memoria, y las estanterías, de los aficionados al cine.
Afortunadamente, y aunque ya no dirige, todavía nos queda el Garci escritor, que a sus 81 años sigue manteniendo viva la llama de sus pasiones juveniles y su amor por esa pantalla de cine que él denomina, con razón, «la sábana santa». Mucho más santa que la de Turín, eso sin duda. En esos libros -el último, Por un puñado de prólogos, de noviembre del año pasado-, nos regala una prosa que, como su cine, también es clásica y que se mueve entre lo periodístico y lo autobiográfico, entre el ensayo sin pretensiones y el diario personal.
Para terminar, les voy a hacer una confesión, aún a riesgo de que me monten un auto de fe en la plaza mayor de Valladolid. Me emocionan más cinco minutos de cualquiera de las películas que les he citado en este artículo que toda la filmografía de Almodóvar. No soy objetivo, lo sé, les estoy hablando de sentimientos. De 'e-motion pictures'. Y los sentimientos no se pueden razonar.