Piense usted en las personas que más le han marcado en su vida. En la gente que le genera tranquilidad, en los compañeros a los que admira y en aquellos que le provocan afecto. Es probable que, todos ellos, tengan un denominador común: su capacidad para servir. Las personas que sirven están hechas de otra pasta. Son líderes por naturaleza y se comprometen, hasta la médula, con los demás. Tienen tanta generosidad como pasión por la vida. Y la contagian, claro. Por eso dejan huella cuando están y cuando se van. Eso pienso mientras cierro este artículo y me comunican el fallecimiento del catedrático José Carlos Pastor, investigador pionero en el ámbito de la oftalmología, con un gran prestigio internacional por su brillantez intelectual y, muy especialmente, por su humanidad. Sobre su liderazgo escribí hace semanas en este mismo periódico. El profesor Pastor es un símbolo de prestigio y de autoridad moral para esta tierra. Esa autoridad que se tiene sin buscarla y que se obtiene porque te la otorgan los demás, cuando has sido capaz de servir, en su caso, hasta el final. Nos ha estado transmitiendo su pasión por la vida y el sentido que tenía su lucha frente a la enfermedad, con inteligencia y dignidad. Ha pedaleado contra viento y marea. Y no ha sido en vano. Me consta que ha ayudado a mucha gente, en su misma situación, a levantar el ánimo para seguir adelante. Porque de eso va la vida: de continuar la batalla, como un samurái (él se identificaba con esta figura). Y samurái, precisamente, significa 'aquellos que sirven'. Porque liderar es servir. Y, sin esta base, nadie debería ocupar un puesto de responsabilidad.
Pensarán ustedes que no es lo que ocurre en la actualidad. Y no les falta razón. Por eso hay que seguir reivindicando a los mejores al frente de la toma de decisiones. En la política, en la empresa y en la vida. De hecho, el tipo de personas de las que nos rodeamos, determinan en quiénes nos convertimos. Algo que ocurre con cualquier organización, del tipo que sea. Quien se pone al frente de una misión, ya sea un partido político, una institución o cualquier organización, debería aprobar una especie de oposición para garantizar su capacidad de servicio. Un examen que nos revelara qué quiere y qué sabe hacer exactamente con el poder que ostentará. Las personas que tienen como propósito el servicio, son menos soberbias y más conciliadoras; poseen más inteligencia práctica y ningún egoísmo; presentan una mayor habilidad para gestionar retos y se miran poco el ombligo. Las personas que ocupan puestos directivos, los dirigentes y profesionales que asumen el servicio como objetivo principal, poseen una fuerte influencia y credibilidad natural. No necesitan hacer grandes esfuerzos para repercutir en los demás, porque es su carisma auténtico y sus hechos transformadores los que conectan de forma increíble con las personas. Despiertan admiración y respeto. También confianza. Y supongo que obtendrían una buenísima calificación en este examen imaginario que ojalá realizaran todos aquellos que quieren dirigir, gobernar y mandar. ¿Otro gallo nos cantaría entonces? Sí. Otro gallo nos cantaría.
Y es que necesitamos que nos canten gallos nuevos. Porque estos vaivenes que vemos a diario en la política española, cada día se entienden menos. Supongo que el umbral de resistencia a la mala política lo tenemos alto. Y que aguantamos carros y carretas porque nos estamos acomodando a ello. No deberíamos aceptar, sin más, que para gobernar haya que montar un circo itinerante. La gestión del decreto ómnibus está siendo desastrosa, sobre todo, porque juega con el bienestar de las personas, sean pensionistas, familias en riesgo de pobreza o con aquellos que están afectados por la Dana. Y no se puede generar incertidumbre de forma recurrente por el capricho de unos pocos. De hecho, el filibusterismo no empasta bien con una democracia saludable. Es una palabra rara, sí, pero qué bien define lo que estamos viendo estos días, a cuenta del decreto. Los filibusteristas son aquellas figuras políticas que bloquean las aprobaciones de leyes, en muchas ocasiones, para anteponer sus propios intereses única y exclusivamente. Como hacen, a menudo, aquellos políticos que se colocan en un lado u otro del tablero, en función de cómo les puede ir en las encuestas. El partidismo exacerbado no suele dar buenos resultados. Impide, incluso, mantener la coherencia, valor esencial para gobernar bien. Fíjense que esta palabra, filibusterismo, se utilizaba en el siglo XVII para poner nombre a los bandidos que saqueaban las ciudades portuarias. Vamos, que filibusteros ha habido siempre. Pero hoy quiero empoderar a la gente de bien, que hay mucha. Esas personas que han estado y que están, capaces de liderar con talento, acierto y compasión. Estas son las necesarias hoy, en todos los ámbitos. Imprescindibles, diría yo.
Quien se pone al frente de una misión, ya sea un partido político, una institución o cualquier organización, debería aprobar una especie de oposición para garantizar su capacidad