Cuando el pasado 30 de enero me enteré del fallecimiento de Jesús Anta, además de sorprenderme por inesperado, me apenó en el plano personal y como vecino de Valladolid. Le conocí en mi primera etapa como edil (1999-2003), que coincidió con la última de su larga y fructífera etapa de concejal por Izquierda Unida (1991-2003). Desde el primer día que tuve contacto con él, me pareció un hombre coherente, amable, tranquilo, generoso, siempre dispuesto a colaborar y enseñar.
Vivió con intensidad y entusiasmo la transición española y se le quedó impregnado el barniz del diálogo y el acuerdo que practicó con naturalidad en todos los cargos que ocupó (secretario provincial del Partido Comunista, secretario provincial de Comisiones Obreras, concejal del Ayuntamiento de Valladolid y diputado provincial). Sus tres grandes pasiones, al menos las que yo he conocido, fueron el movimiento vecinal, la divulgación de la historia y el patrimonio de Valladolid y el compromiso con los más débiles.
Durante la etapa de elaboración y negociación de la Agenda Local 21 de Valladolid, en la que las diferencias ideológicas y de diseño de un futuro sostenible para nuestra ciudad eran amplias, siempre buscó el encuentro y el consenso pese a las dificultades existentes. Era un político de los que cada día quedan menos, no era de los del 'bla-bla-bla' ni de argumentario de partido, si no de la acción serena y seria.
Al dejar la primera línea de la política municipal y volver a su puesto de trabajo en la banca, con cierta frecuencia nos seguíamos viendo en la cafetería de un hotel céntrico y, siempre de forma muy amable, se interesaba por cómo me trataba la vida y, solo cuando yo insistía, me comentaba sus proyectos. En mis largos paseos pucelanos, con cierta frecuencia me le encontraba observando algún edificio singular. Recuerdo que en una ocasión me habló de algún paisano que ahora no recuerdo, cuyas aportaciones al desarrollo de Valladolid habían sido extraordinarias. Le gustaba sacar a la luz a personajes de la ciudad poco conocidos, pero que habían contribuido de forma intensa a la modernización de Pucela. Su curiosidad por todo era envidiable.
Era un buen tipo, siempre iba de frente, alejado de dogmatismos, trabajador incansable, sin ningún apego a los cargos públicos, gran dinamizador de los barrios en el movimiento asociativo vecinal y un magnífico compañero en la corporación municipal. A lo largo de su vida se mantuvo fiel a sus principios y no realizó ninguna pirueta ideológica, tan frecuente en estos tiempos. En la campaña de Pilar del Olmo a las municipales de 2019, mantuvimos una reunión para recabar ideas con distintas personas entre las que se encontraba él, y la distancia ideológica no fue ninguna barrera para que tuviese una participación de lo más activa y generosa. Estoy seguro de que no le estarán gustando estos comentarios, no era amigo de los halagos, ya que entendía su quehacer como una obligación y una responsabilidad. Siempre recordaré su frase de «menos urbanismo y más urbanidad», que la utilizó en más de un pleno.
No sé dónde habrá ido, pero allá donde esté, el lugar ha ganado y Valladolid ha perdido. En ocasiones como ésta, como decía en una de sus canciones Marianne Faithfull, musa de los Rolling Stone e icono londinense de los 60, que falleció el mismo día que él, lo mejor es sentarse a ver correr las lágrimas. Hasta siempre, Jesús.