José Antonio de Santiago Juárez

La Cencellada

José Antonio de Santiago Juárez


Un sorbito de champagne en el Campo Grande

07/03/2025

Los que ya tenemos cierta edad, además de ir al médico con más frecuencia de la deseada y hacernos invisibles lentamente, cuando buscamos los recuerdos de la niñez y la infancia, estos aparecen en blanco y negro, aunque enseguida tratamos de embellecerlos, y se concentran donde les apetece o donde el tiempo los ha enviado y protegido. En mi caso, el Campo Grande es el lugar elegido para jugar con ellos a 'civiles y ladrones'. La mayoría queríamos pertenecer al bando de los ladrones, pero en aquella época, como no podía ser de otra manera, siempre ganaban los civiles.

A los que nos llevaron al parvulario del colegio 'La Come', el cual regentaban tres hermanas un pelín bordes, ubicado en la Acera de Recoletos y que, al no tener patio, utilizábamos como zona de recreo el Campo Grande, la memoria enseguida nos traslada allí en busca de una felicidad, un tanto imperfecta. Las señoritas desde el balcón nos vigilaban y a golpe de silbato marcaban los tiempos. Aquel amplio espacio ajardinado, que como casi todo en Valladolid lo había reformado, muchos años antes, el alcalde Miguel Íscar, es muy diferente al actual parque. Para mí, el Campo Grande era mucho más que el silbato de las señoritas. Era también correr por el templete, La Pérgola y su bar,  esconderse en la gruta o en el teatro Pradera, asustar a las aves en la Fuente de la Fama y el lago, observar a las madres con sus carritos de bebés y también a alguna mascota -ahora ni carritos por la crisis demográfica, ni mascotas porque tienen prohibida la entrada- o fantasear con el banco del crimen que, por cierto, todavía continúa en su sitio, aunque no tengo claro si llegó a haber alguna vez un asesinato o fueron leyendas juveniles. Por eso, cuando he sabido que el Ayuntamiento ha decidido abordar la rehabilitación de las fuentes de La Fama, de Núñez de Arce y el estanque de las ranas, y recuperar, después de dos años sin actividad, el bar de La Pérgola que gestionará Dámaso y que es garantía de éxito, me he alegrado y en mi mente han brotado bruscamente añoranzas de aquel tiempo. 

Recuerdo haber visto actuar en la Pérgola, en los años sesenta, a los Brincos auténticos, a los fundadores, a los de 'Lola'. Fue durante unas ferias y fiestas de San Mateo, que afortunadamente no tenían nada que ver con las actuales. En aquel entonces, y lo digo desde una posición de privilegio, las fiestas patronales eran solo para unos pocos; Valladolid era una ciudad plomiza, del color de la niebla, cargada de nubes de tristeza que se amontonaban y ocupaban todo el ambiente. Se celebraban en la segunda quincena de septiembre, siempre acompañadas de mal tiempo y solo para los vecinos del centro. A los barrios no llegaban, se ve que San Mateo no manejaba bien el callejero. Allí el silencio endurecido lo envolvía todo, los carruseles eran de sufrimiento y los pinchos de hambre.

Todavía pesaba mucho la guerra entre hermanos, parientes y vecinos. Los ganadores se hacían notar, mientras que los perdedores preferían no dejarse ver. Los vecinos, por la calle, apenas sonreían, en ocasiones pensé que la maldita guerra había acabado con el optimismo y el ánimo de más de una generación. Mientras, en La Pérgola, los Brincos cantaban 'Un sorbito de champagne', cuando para muchos pintaban bastos. Sin duda, prefiero el actual calimocho popular.