Diego Chiaramoni

Desde Argentina

Diego Chiaramoni


Vuelvo

30/03/2025

«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida» reza una canción de mi país, ¿Y qué es amar la vida? Amar la vida es estrenar la mirada como la estrena un niño cada mañana, como la estrenó Adán, el primer día en el Paraíso, como la estrenan mis ojos cada vez que miran la piel rugosa de tus piedras sacras y la divina escala cromática de tus campos antes de perderse en la última comba del horizonte. Amar la vida es escuchar el suave rumor de la Esgueva antes de besar al río macho, el río que según Umbral guardaba un coro de ángeles bajo los puentes y sonaba a «primavera menstrual errática y desnuda». Amar la vida es experimentar el aliento sutil de una ardilla comiendo de mi mano en un banco del Campo Grande, es adivinar el perfil de Delibes entre la niebla, cargando la cruz de la ausencia, un dolor rojo sobre fondo gris. Amar la vida es celebrar la palabra en la sobremesa larga de los domingos, es aspirar la humedad terrosa de tus bodegas oscuras donde madura el sueño del clarete nuevo, es llenar cuadernos en un Café de la Plaza Mayor mientras muere la tarde. 
José Martínez Climent, alicantino aquerenciado en Valladolid, quien nos regaló un maravilloso breviario sobre Castilla titulado 'Liturgia de los días', recordó en una entrevista una bella anécdota sobre su padre: «Mi padre todavía les habla a los mirlos para espantarlos, pero no les habla diciéndole '¡Váyanse ustedes!' o cosas más rudas; les habla porque él sabe que ellos le entienden. Mi padre tiene 90 años, pero sabe cómo espantar a un mirlo, no hace falta tirarle una piedra. Lo sabe él y lo saben estos campesinos». 
Eugenio D'Ors decía que todo lo que no es tradición es plagio y eso es Valladolid, eso es Castilla, aunque venga al galope el globalismo podando jerarquías y neutralizando identidades. Solo quien ama la vida en su fuente originaria no necesita plagiar.
Amar la vida es escuchar la dulzaina de Rubén en las sombras generosas de Traspinedo, es el aroma a sopas de ajo de Doña Jesusa en una calle angosta de Piña de Esgueva, es el eco de la voz de Gloria ante el Retablo de San Pedro Apóstol, en Mucientes. Amar la vida es seguir los pasos de Don Javier González recordando formaciones del Real Valladolid y es Jaime, su hijo, guardándome níscalos de la última cosecha de noviembre en el Pinar de Antequera. Amar la vida es demorarme en la voz dulce de Anazul y en la palabra certera de Merche que mira a Pucela desde las Islas y vuelve siempre al abrazo bautismal de su padre; es intuir la voz serena de Raúl caminando por la orilla del Arlanzón, pero añorando el Pisuerga.
Amar la vida es mancharme con el óxido de Peláez vallisoletando tinta fresca en los periódicos, es Manu abriéndome las puertas de El Día para convertirse en heraldo de mis sueños de columnista «a la española», en esa eterna escuela de los mejores. Amar la vida es recorrer con Fernando los caminos castellanos, es caminar despacio el mediodía de Cigales, junto a Pablo y su hijo, es llorar una vez más con la nariz puntiaguda de La Antigua rasgando el cielo de Valladolid, es extasiarme ante un crepúsculo de Urueña y es contemplar las amapolas de Villalar, que son las más rojas de todas, porque en su savia galopa una rebeldía comunera de siglos y de olvidos. Amar la vida es descifrar la mirada buena de Jesús Ángel en una mesa de El Minuto, es leer la glosa diaria de Juanjo Pariente, quien dejó en mis manos El Mudejarillo de Pepe Jiménez Lozano, una mañana de mayo. Amar la vida es fundirme en el abrazo de Víctor, de Luis y de Iván haciéndome sentir 'local' en la Ciudad que aman. 
Vuelvo Valladolid, vuelvo como el hijo adoptivo que vuelve a la casa donde aprendió a curar las heridas del camino. Vuelvo como volvió tu poeta alguna vez, luego del sueño madrileño. Vuelvo porque la sangre dicta, la literatura desvela y la autenticidad atrae. Vuelvo porque contigo, me sucedió lo mismo que con la mujer que más he amado en la vida: desde la primera vez que la vi, hice el juramento de no morir.