Tiempo hay para creer que la permanencia aún es posible. Lo dicen las matemáticas y también precedentes reales de remontada de equipos defenestrados que reaccionaron a estas alturas e incluso con menos margen y más desventaja. Otra cuestión son las sensaciones que transmite la plantilla, y sobre todo el club con su interminable sucesión de bandazos sin rumbo ni timonel. En enero fue David Espinar, mano derecha de Ronaldo, el que consumaba su marcha a Emiratos Árabes, y esta misma semana dimitía quien bien podía considerarse su mano izquierda, Matthieu Fenaert, que ya llevaba siete campañas en Valladolid y deja su cargo de consejero delegado por «razones personales» en las que mucho tiene que ver el desgaste (lo sustituye el hasta ahora director financiero, Luis García).
Ronaldo, entretanto, desaparecido desde hace meses, sin que esta semana haya sido la excepción; y desde este pasado miércoles, 48 horas después del despido de Cocca y su cuerpo técnico, con las riendas deportivas en manos de Álvaro Rubio, el tercer entrenador de la temporada... o el cuarto si se cuenta dos veces al propio Álvaro. En su estreno como técnico del primer equipo, entonces interino tras el cese de Pezzolano, sólo pudo estar tres partidos y se despidió con victoria en el último, para que Cocca ocupara su lugar, que aquel día ya estuvo en Zorrilla. Sin embargo, siete jornadas después se le reclama para apagar un fuego mayor en menos tiempo, a la vez que se improvisa la reestructuración de técnicos de la cantera, con Manu Olivas ya en el Promesas, dado que ahora sí se espera que el riojano acabe el curso.
Álvaro tuvo que dejar el banquillo del Real Valladolid a pesar de vencer al Valencia en la jornada 17, con el equipo a cuatro puntos de la permanencia, y ahora le toca asumir el reto de regresar estando ya al doble de distancia, después de seis derrotas y una sola victoria en siete partidos. Le queda el consuelo de la sorprendente recuperación de Raúl Moro, el bandazo más dulce de todos los sufridos últimamente, ya que su baja se anunció para «dos o tres meses», tras romperse la clavícula el 17 de enero, y apenas un mes después ya está para jugar incluso este domingo en la visita al Athletic de Bilbao (14.00 horas). Una salida nada propicia para el Pucela, por otro lado, con un parcial de 31 derrotas, 12 empates y sólo tres victorias en 46 partidos de Liga. En el nuevo San Mamés ni siquiera ha ganado nunca, aunque, de cinco encuentros jugados allí desde 2013, hizo tablas en tres.
Los otros grandes aliados para Rubio y sus jugadores son las matemáticas y algún precedente. En las diez últimas campañas, la permanencia se ha quedado dos veces en 35 puntos (temporadas 14/15 y 16/17), y para alcanzar esa cifra, el Real Valladolid tendría que sumar 20 de los 42 que quedan por disputarse. Pero también ha llegado a exigir 43 puntos (2017/2018), con lo cual el parcial necesario para salvarse subiría a 28 de 42, a pesar de que en aquella campaña, tras la jornada 24, el equipo que ocupaba el decimoséptimo puesto (último de salvación) sólo tenía 20 puntos, tres menos que Las Palmas ahora. Ahí la remontada ya no sería épica, sino que alcanzaría proporciones de milagro…
El histórico precedente del Real Zaragoza
Unos años antes, en la temporada 2011/12, se localiza un precedente del que bien podría tomar nota el Real Valladolid. Lo protagonizó un club que Álvaro conoce bien por su pasado de canterano, el Real Zaragoza. A estas mismas alturas de la campaña el conjunto aragonés no sólo estaba más lejos de la salvación que el Pucela, a 10 puntos en lugar de 8, sino que en la jornada 25 se llevó una manita del Málaga que le dejó a 12. «Siento vergüenza de la imagen que da el equipo», decía entonces su técnico, Manolo Jiménez, que dos meses antes había sustituido al cesado Javier Aguirre. Pero siguió en el banquillo «porque de los barcos que se hunden saltan las ratas, los cobardes y los que no sienten nada por el barco». Y a partir de la jornada 26 lideró una remontada para la historia con 25 puntos de 39. Más o menos los que necesita el Pucela para tener opciones de salvarse; sin rumbo ni timonel, pero con un técnico que siente el barco y tiene el apoyo de la afición.