Precarias a tiempo completo

Óscar Fraile
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Las trabajadoras de la dependencia se enfrentan a diario a tareas que implican una importante carga física y mental dentro de un sector caracterizado por unos salarios muy modestos

Mari Cruz Gutiérrez posa tras una escalera; Inés Juan, en la valla del Colegio de Educación Especial número 1; y Merche Sinovas, en un banco. - Foto: J. Tajes

Las trabajadoras del servicio de ayuda a domicilio de la Comunidad de Madrid iniciaron a finales del año pasado una huelga que desde el 7 de enero se convirtió en indefinida. Aunque la causa específica es que se haga efectiva una subida pactada del 10% del salario, detrás de esta movilización también subyacen unas quejas que son extensibles al sector en toda España: una retribución muy baja para un empleo con una importante carga física y mental. Son algunos de los males que también afectan a todas las trabajadoras del sector de la dependencia. Se quejan de que esta ingrata, pero necesaria labor, aparte de estar mal pagada, está infravalorada y poco reconocida socialmente. Eso, en lo laboral, porque también hay cuidadoras no profesionales que prácticamente tienen que renunciar a su vida personal para cuidar a alguno de sus familiares. Un sacrificio que, por lo general, suelen hacer las mujeres (prácticamente el 90% del sector de la dependencia está integrado por ellas). «La cosa está muy mal, hace años que no estábamos así», reconoce Noelia Hernández, secretaria del comité de empresa de la compañía que presta el servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento de Valladolid. «Ha habido un parón de altas desde verano que ha hecho que la mayoría de las compañeras estén con una, dos o tres horas de trabajo y, evidentemente, con eso una familia no vive», asegura. Y más teniendo en cuenta de que muchas de estas empleadas forman parte de familias monoparentales. Hernández se queja de que se contrate «a mucha gente, pero con jornadas muy bajas»

Las exigencias físicas de estos puestos de trabajo son tan altas como las emocionales. No en vano, las trabajadoras de la dependencia son unas de las que más sufren el bornout, o síndrome del cuidador quemado, una enfermedad profesional reconocida por la Organización Mundial de la Salud desde 2022 que es el «resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito» y que se caracteriza por una sensación de agotamiento y falta de energía, distanciamiento respecto a todo lo que representa el trabajo y una sensación de ineficacia y de no sentirse realizado con esa tarea En este sentido, UGT denunció recientemente que en Castilla y León hay una ratio de 15 o 20 usuarios por cada gerocultora trabajando, cuando lo «ideal» serían seis.

Mari Cruz Gutiérrez (trabajadora de una residencia de la tercera edad): «Todos los días tengo que levantar a doce o trece personas mayores»

Hace diez años que Mari Cruz Gutiérrez empezó a trabajar en residencias de ancianos. Un tiempo en el que no ha perdido el entusiasmo por un trabajo que le sigue gustando, aunque reconozca que es muy duro. En su empresa actual, ella siempre tiene el turno de mañana. Precisamente son las primeras horas del día las que requieren un mayor esfuerzo físico. «Empiezo a las siete y media leyendo el parte de incidencias del turno de noche para saber todo lo que ha pasado y luego empezamos a levantar a los residentes, hacemos duchas, les vestimos, les damos el desayuno y les dejamos preparados para que luego otros departamentos hagan sus actividades, ya sea fisioterapia, logopedia o terapia ocupacional», explica.
Sobre las 12.30 horas llega el primer turno de comidas para las personas asistidas, es decir, dependientes que no pueden comer por sí solos. «Después, yo, que estoy en un departamento especial de dependencia, me ocupo de cambios de pañal, lavado de boca, acostar a los que tienen siesta y acomodar en sillones adaptados a los que no la tienen», continúa. Así, todos los días.

El esfuerzo físico es importante, aunque los empleados de la residencia dispongan de grúas para mover a los mayores. Y eso ha sido así en todas las empresas de este sector por las que ha pasado. Más o menos son las mismas condiciones laborales en todas las empresas, «con unas ratios que están mal y dependen de las valoraciones de los residentes». «Por ejemplo, donde yo trabajo hay 172 residentes y 36 gerocultoras, pero el problema es que en la ratio residentes/empleados se tienen en cuenta a todos los trabajadores, desde médicos a mantenimiento y cocina, pero luego solo los levantamos nosotras», se queja. Según ella, si solo se tuviera en cuenta el número de gerocultoras, «tendríamos que ser el doble de personal».

Gutiérrez tiene que levantar a unas doce o trece personas al día, igual que sus compañeras. Un esfuerzo que, a largo plazo, pasa factura física. «Son muchos residentes para una persona», dice Gutiérrez, que también se queja de que no se actualizan adecuadamente las valoraciones de los residentes. Esta profesional también asegura que las condiciones de trabajo en el sector privado, donde ella ha desarrollado su carrera, son mucho peores que las del sector público. «Lo tienen mejor organizado, aparte de que la nómina en mejor», dice. Gutiérrez ingresa unos 1.100 euros netos al mes.

A sus 40 años, sigue amando esta profesión. De hecho, durante la pandemia, cuando estaba embarazada, recibió hasta siete llamadas para trabajar en un hospital, pero las rechazó todas porque considera que no se acostumbraría a ese ritmo de trabajo. «Me aburriría», finaliza.

Inés Juan (cuidadora no profesional de un hijo con una enfermedad rara): «Tuve que dejar mi trabajo en el Río Hortega para atender a mi hijo 24 horas al día»

Tener un hijo, especialmente el primero, siempre es un punto de inflexión en la vida de cualquier persona. Pero Inés Juan no sabía que para ella lo sería elevado a la enésima potencia. A su hijo le diagnosticaron una cardiopatía al poco de nacer. Y, después, cuando le hicieron un estudio genético, los sanitarios comprobaron que todo estaba asociado a una enfermedad rara: síndrome de microdeleción 1Q44. La suerte para ella es que a los tres meses ya sabía lo que le pasaba a su hijo, lo que le evitó el peregrinaje de médico en médico con los diagnósticos erróneos que sufren muchos familiares y pacientes de enfermedades raras.

Debido a esta patología, el pequeño Iker tiene una discapacidad intelectual severa, una hipotonía generalizada y epilepsias refractarias. Un retraso a nivel general que ha hecho que el niño no empiece a andar hasta los cinco años y que necesite asistencia las 24 horas del día.

Inés decidió que nadie mejor que ella para atender a su hijo, aunque eso implicara tener que dejar su trabajo como enfermera en el Hospital Universitario Río Hortega. «Yo me dedico al cuidado de personas, pero esto no es nada fácil, porque se trata de una enfermedad rara y todo está lleno de interrogantes», explica. Es decir, que en determinados momentos tiene que improvisar.

Dejar su trabajo no fue nada fácil. «Imagínate, con 29 años iba a empezar un proyecto de vida después de haberme formado en el Hospital de La Paz (Madrid) para venir aquí con muchos conocimientos, porque soy enfermera vocacional, pero de la noche a la mañana me vi encerrada en mi casa y cruzando los dedos para que mi hijo no sufra», recuerda.

La organización es la base del funcionamiento de la casa donde vive Iker con sus padres. Ella asume muchas de las tareas del hogar y él trabaja fuera de casa. El día del pequeño arranca a las 8.00 horas, cuando su madre le levanta, hace el cambio de pañal, le asea y le viste. Después, a la cocinar a desayunar todo lo que Inés ha preparado previamente, porque el pequeño no come nada sólido. Todo tiene que ser triturado. «Estamos intentando que sea un poco más autónomo con esto, enseñándole a coger la cuchara y llevarla a la boca, pero es un proceso lento que hay que hacer a diario», dice.

Más tarde llega la hora de ir al colegio. Iker asiste al Centro de Educación Especial número 1 de Covaresa, donde disponen de un servicio de enfermería que da mucha tranquilidad a los padres de Iker. La madre acude a recogerlo sobre las 13.30 horas, una hora antes de la salida del resto de alumnos, porque «se cansa» durante tantas horas. Otra vez en casa, toca asearle otra vez y comer. Mismo ritual. Después, una pequeña siesta antes de ir a terapia. Logopedia, fisioterapia, estimulación... cada día una. Cuando vuelve, a cenar y a domir. Un trabajo que no deja casi tiempo de ocio a Inés. Cuando puede, se 'escapa' a tomar un café con las amigas o hacer un poco de deporte. Pero incluso en esos minutos de asueto le cuesta desconectar y sigue pensando si Iker estará bien. El físico descansa, pero con la mente es más complicado.

Merche Sinovas (trabajadora del servicio de Ayuda a Domicilio del Ayuntamiento de Valladolid): «Es duro encontrar a usuarios fallecidos en sus casas, me ha pasado varias veces»

Merche Sinovas tiene bajo su responsabilidad a nueve usuarios del servicio de Ayuda a Domicilio del Ayuntamiento de Valladolid. Todas las semanas los visita con la frecuencia que haya determinado la trabajadora social y para realizar unas tareas muy específicas, aunque al final su trabajo siempre va un poco más allá de su deber. Entre los ciudadanos a los que ayuda hay personas de avanzada edad, con problemas de alcoholismo, con Síndrome de Diógenes y con discapacidad visual, entre otros. Cada caso es un mundo, pero ella se encarga de adaptarse para que tengan sus necesidades básicas cubiertas.

Sinovas lleva casi 30 años haciendo un trabajo en el que ha visto de todo. Por ejemplo, muchos enfermos muy graves que, en ocasiones, viven solos, ya sea porque no tienen familia o porque la familia no quiere saber nada de ellos. «Al final te haces responsable de que coman, de que se vistan, tengan la casa aseada, se tomen la medicación, vayan al médico... de todo», señala. Así que Sinovas se encarga de cosas como bajar la basura, tomar la tensión, ir a la farmacia, acompañarles al médico, planchar, poner lavadoras o coser un botón. «Se supone que la trabajadora social te dicta las tareas que son necesarias, pero... si surge algo nuevo, nadie lo va a hacer si no lo haces tú», señala.

Ella trabaja en la zona de Pajarillos. Los domicilios que atiende están muy cerca unos de otros, de modo que no necesita coche para desplazarse. Y eso es una ventaja, porque no se tiene que preocupar de aparcar para hacer un trabajo que tiene unos tiempos muy ajustado. Cuando sale de una vivienda, a los pocos minutos tiene que estar en otra. Y nunca sabe lo que se va a encontrar al otro lado de la puerta. «Te puedes imaginar, desde domicilios muy sucios, propios de una persona con Síndrome de Diógenes, a otros de personas que compran compulsivamente», dice.

Se trata de un trabajo muy duro desde el punto de vista físico y psicológico. «Cuando dejas mal en su vivienda a una persona mayor, por mucho que quieras desconectar, no puedes, porque no sabes si cuando vuelvas estará o no estará», dice.Y algunas veces, pasa lo peor. Sinovas tiene llaves de muchos domicilios y en varias ocasiones se ha encontrado a los usuarios fallecidos, un impacto que no por habitual deja de ser duro. «Es algo que genera mucho estrés», dice.

Y es duro porque a algunas de estas personas lleva ayudándolas durante años y es imposible no establecer lazos afectivos con ellas.